miércoles 14 de enero de 2009

CINEUROPA 2008 Edición XXII

PREMIO CINEUROPA 2008: 

JAIME ROSALES


por Julio C. Piñeiro


El pasado 15 de noviembre tuvo lugar, en el Teatro Principal de Santiago de Compostela, la gala de entrega del Premio  Cineuropa 2008, otorgado por el homónimo festival compostelano en su ya 22º edición.

Esta vez el galardón recayó en el cineasta catalán Jaime Rosales, reciente ganador del Goya a la Mejor Película y al Mejor Director por La Soledad. La proyección que acompañó al evento fue Tiro en la Cabeza, polémica y controvertida propuesta presentada en el último Festival de San Sebastián y estrenada simultánemente en salas comerciales y en el Centro de Arte Reina Sofía. Por motivos personales del premiado, la entrega del galardón, con su correspondiente intervención, se produjo antes de la proyección del citado film.


Los encargados de conceder el premio fueron Socorro García Conde, tenienta de alcalde y Concelleira de Cultura e Centros Socioculturais del Concello de Santiago, institución organizadora del festival, y José Luis Losa, Director Técnico del mismo. Este último señaló que decidieron premiar a Rosales por su riesgo en el uso del lenguaje cinematográfico, que el cine español está necesitado de agitadores como él y que su última película ha supuesto, nunca mejor dicho, una “bomba” cultural en el panorama cinematográfico de nuestro país. Asimismo, manifestó su admiración por la manera en que Rosales empleaba sus recursos con el fin de describir la dualidad y la cotidianidad de un asesino.

Rosales translada su concepción transgresora del cine a la vida: declaró que los jóvenes, las nuevas generaciones, deben romper las reglas que siguieron nuestros padres y nuestros abuelos, no guiarse por ellas, crearse unas propias, sin por ello dejar de respetarlas y manteniendo siempre los lazos afectivos entre generaciones. Su idea del ciudadano del futuro es la de aquel observador de su alrededor, pero conocedor de sus propias posibilidades: entonces manifestó que su deber como cineasta es “crear” este tipo de ciudadanos.


Afirmó que Tiro en la cabeza va dirigida a los jóvenes de su generación, aquellos que se criaron en el ocaso del franquismo y vivieron de primera mano la Transición. Enseguida explicó con claridad en qué medida está relacionada su alternativa lingü.stica y estilística con la situación política en España, en especial del conflicto vasco: “todos hablan, pero nadie escucha”, y que sólo escuchando se puede llegar a la solución.

La película estuvo desde el primer momento rodeada de polémica y controversia, perfectamente comprensible por el tema que trata. Su estreno en San Sebastián coincidió poco después de un atentado de ETA (ver noticia), por lo que el director barajó hasta el último momento la posibilidad de no estrenarla, ya que seguramente se tergivesaría el objetivo que quería conseguir. Finalmente el film se estrenó, no exento de protestas (12).

En el aspecto propiamente cinematográfico, habló sobre los diferentes elementos que le ayudaron a construír esa narrativa tan particular: además de la eliminación total del audio de los diálogos en la banda sonora, característica más representativa, se apoyó también en la no utilización de iluminación artificial, el uso de teleobjetivos y el empleo de actores no profesionales, “actores naturales”, que realizan el trabajo interpreativo de otra manera, más adecuada para la consecución del efecto deseado. En definitiva, se trató de trabajar “de otra manera”.

jueves 25 de septiembre de 2008

LA CONJURA DE EL ESCORIAL (2008) de Antonio del Real

UN QUIERO Y NO PUEDO

por Eloy Domínguez Serén


Los antecedentes no invitaban al optimismo y la crítica había sido unánime. Sin embargo, la experiencia me ha hecho afiliarme al “si no lo veo, no lo creo” y di un voto de confianza a Antonio del Real (más alentado por la curiosidad que por las expectativas). Vi y creí, aunque lo segundo me costó bastante más que lo primero, que tampoco fue placentero. Definitivamente, el río iba bien cargado.

Hace algunos años, el gigante de comunicación italiano Mediaset distribuyó para Telecinco, bajo el paradójico nombre de ‘Grandes relatos’, una serie de telefilmes de producción propia en las que Lamberto Bava, Gianni Romoli [1] y compañía daban rienda suelta a su vacuo gusto por la épica, el empalagosismo y la ostentosidad. Aprovechando lo bien que aquel ciclo había cuajado entre las felices familias españolas reunidas en torno al televisor en el ‘prime time’ de los fines semana, no tardó en hacerse esperar la emisión de una nueva serie de ‘Grandes relatos’, con renovados títulos de directores como Fabrizio Costa o Steve Barron.[2]

Pues bien, a medida que me revolvía en mi butaca a lo largo de los aproximadamente ciento veintiocho minutos de duración de La conjura de El Escorial, iba creciendo en mi interior la sensación de estar asistiendo a una nueva entrega de aquella edulcorada saga de telefilmes. Y es que, a pesar de las dos principales virtudes de la cinta de Del Real, la magnífica recreación de la España del siglo XVI y la brillante actuación de Juanjo Puigcorbé encarnando al monarca Felipe II, ‘el rey Prudente’; la calidad del conjunto de la obra no pasa de discreta, llegando a rozar el ridículo en algunas escenas y abrazándolo de lleno en otras.

Una vez finalizado el film, con un epílogo en el que la voz del narrador-historiador relata el destino de los tres personajes principales (Felipe II, Antonio Pérez y Ana de Mendoza) sobre un plano aéreo que se abre mostrando la majestuosidad del monasterio que da nombre a la película; se plantea una gran duda respecto a lo que se acaba de ver: ¿en qué momento habrá perdido Antonio del Real el control sobre lo que estaba haciendo?

No dudo del importante empeño que tanto el director jienense como todo su equipo habrán puesto en las diferentes fases de realización de este proyecto, ni del riesgo que supone afrontar una obra tan excepcionalmente diversa a las pobres comedias ligeras a las que nos tenía acostumbrados en los últimos años, pero fuese cual fuese intención que buscase con este cambio de registro ha resultado, en gran parte, fallida, a pesar de contar con importantes bazas a su favor.

La principal de ellas, sin duda alguna, un presupuesto de en torno a quince millones de euros, cifra que sitúa a La conjura de El Escorial’ como una de las producciones españolas más cara de todos los tiempos[3]. Otro factor a su favor era una historia ‘a priori’ más que interesante: mientras Juan de Austria trata de reprimir a los sublevados en Flandes, una serie de intrigas y conspiraciones golpean la corte de Felipe II, a raíz de la intensa pugna entre la Casa de Alba y la Casa de Mendoza, cuyos principales valedores son la princesa de Éboli y Antonio Pérez, secretario del rey. El asesinato de Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, el 31 de marzo de 1578, será el detonante de un poco convencial thriller policíaco ambientado en la segunda mitad del siglo XVI.

A fin de otorgar mayor caché a esta producción y facilitar su distribución internacional, todo el film fue rodado en inglés con un elenco encabezado por estrellas internacionales de segunda fila como Julia Ormond, Jason Isaacs, Jürgen Prochnow, Joaquim de Almeida o un recuperado para el cine Fabio Testi, secundados por actores nacionales como Jordi Mollà, el mencionado Juanjo Puigcorbé o Pablo Puyol. Una lástima la elección del idioma. Además de un flaco favor a la verosimilitud de la historia (aprovecho para mostrar mis respetos a Steven Soderberg por haber sido lo suficientemente valiente y coherente como para haber filmado Che: el argentino en español) , esta elección supone también un sólido lastre para la distribución de la cinta en el que con toda seguridad será su principal mercado, el español, ya que el doblaje es realmente deficiente, sobre todo en los casos en los que los actores españoles se doblan a sí mismos. Evidentemente no culpo a los intérpretes, ya que se les exige un trabajo que no es el suyo. Si el doblaje (contra el que soy completamente contrario) en países como el nuestro, Italia o Francia goza de tanta calidad es, precisamente, porque existen escuelas encargadas de formar a profesionales en este ámbito (además de porque son algunos de los poquísimos países en los que se doblan las películas, insisto, una medida inadecuada), por lo que sigo sin comprender por qué no se deja hacer a cada cual su trabajo. No puedo evitar recordar, por ejemplo (y no es, en absoluto, uno de los casos más sangrantes que he visto), lo antinatural que me resultó el ‘autodoblaje’ de Leonor Watling en Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2003), una excelente actriz, no obstante.

Para finalizar, y sin la más mínima intención de parecer cruel, debo hacer referencia a la lamentable historia entre el alguacil Espinosa (Jürgen Prochnow) y la morisca (Blanca Jara). Probablemente, el elocuente “¡por favor!” que una ancianita (que junto al que me imagino que sería su marido y yo, éramos las tres únicas almas en la sala) no pudo reprimir ante la ridícula escena de la desgarradora declaración de amor (mirando al cielo) del destrozado alguacil a su difunta (ups!) prometida, resume a la perfección este pomposo atentado contra el buen gusto.

También contribuye a la falta de aceptación de esa historia de amor la… como decirlo… ‘histriónica’ interpretación de Blanca Jara, que encarna mejor que nadie la defectuosa dirección de actores. Y hablando de histriones, tampoco puedo olvidarme del más que innecesario hombre de fe incapaz de contener su insaciable sed de lujuria pederasta y acaba pagando con su vida sus abusos a un atlético adolescente negro (doble perversión en la época, me imagino).

Para no olvidarme de nada, quisiera significar dos situaciones similares resueltas con dispar fortuna. Mientras la escena del asesinato de Juan de Escobedo tiene algunos detalles de brillantez (en esencial su acertada fotografía y ambientación), la lucha de espadas en las que los personajes interpretados por Mollà y Prochnow luchan por salvar sus vidas contra un grupo de mercenarios está completamente fuera de lugar, con movimientos de cámara, planos y acciones torpes y aleatorios, a lo que se suma un acompañamiento musical sobredimensonado que acaba por antojarse estridente y desagradable y una paradójica sensación de desacertada emulación u homenaje al cine clásico de aventuras.





[1] Director y productor, respectivamente, de títulos como Fantaghirò (1991), Desideria e l’anello del drago (1995), Sorellina e il principe del sogno (1996) o La principessa e il povero (1997).

[2] Realizador de Il cuore e la spada (1998), Il corriere dello zar (1999), ambas con la bellísima Lea Bosco, y María: Madre de Jesús (2000), el primero; y de Merlín (1998) y Las mil y una noches (2000), el segundo.

[3] Según un informe publicado en El Mundo en agosto de 2006, las cinco producciones españolas más caras hasta la fecha eran: Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006), con 22 millones de euros; Los Otros (Alejandro Amenábar, 2001), con 20 millones; Tirante el blanco (Vicente Aranda, 2005), con 14 millones; Los Borgia (Antonio Hernández, 2006), con 10 millones; y La gran aventura de Mortadelo y Filemón (Javier Fesser, 2003), con 7 millones. Desde 2006, pocas producciones nacionales se han acercado ha esas cifras. Entre ellas, cabe destacar El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2007), una coproducción hispano-mexicana con un presupuesto en torno a los 13 millones de euros.


Eloy Domínguez Serén

Pontevedra - Galicia

eloy_ds16@hotmail.com

lunes 8 de septiembre de 2008

I ENCUENTRO INTERNACIONAL FAMILIAS DE CINE: Jornada primera

Julio C. Piñeiro


Del 23 al 28 del pasado junio tuvo lugar en la Casa del Cinema de Villa Borghese de Roma el ‘I Encuentro Internacional Familias de Cine’, un evento que promueve la congregación de personalidades del mundo del séptimo arte que, de un modo u otro, mantengan vínculos familiares y profesionales. Esta primera edición, organizado por el Instituto Cervantes de la capital italiana, reunió en el centro cultural romano diferentes figuras del panorama cinematográfico español del nivel de Carlos y Antonio Saura, Pilar Bardem, Juan Diego o Manuel Gutiérrez Aragón con diferentes profesionales del medio, prensa especializada y escritores como los italianos Maurizio Scaparro, Ugo Gregoretti y Giuseppe Ferrara o el chileno Antonio Skármeta.
Durante la primera jornada fueron proyectadas dos películas del director cántabro Manuel Gutiérrez Aragón,
Demonios en el jardín (1982) y La vida que te espera (2004), en torno a las que se estableció una mesa redonda que contó con la participación del propio director, el productor Luis Megino, colaborador de Aragón en varios proyectos y guionista del film, el multipremiado actor sevillano Juan Diego, protagonista de La vida que te espera, el director italiano Ugo Gregoretti y Giuseppe Cereda, presidente de la Scuola Nazionale di Cinema. El elenco lo cerraba Estefanía Rubio, presidenta del Instituto Cervantes de Roma, que ejerció de moderadora tanto en este como en el resto de seminarios.
En su intervención, Gregoretti se deshizo en elogios hacia Demonios en el jardín, de la que afirmó haber disfrutado de sus “imágenes admirables”, “felicidad pictórica” y “búsqueda de una felicidad cinematográfica”. El romano llegó incluso a afirmar haber hallado en la cinta ciertas referencias tanto al sevillano Antonio Machado como al granadino Federico García Lorca, dos de los máximos exponentes de la poesía española de principios del siglo pasado. Para finalizar su exposición, Gregoretti reveló su profunda admiración por el “noir grotesco español”, (presente en el film en la polémica escena de la entrada del toro en la iglesia), introducido en Italia por Marco Ferreri, director de clásicos del cine español como El Pisito (1959) o El Cochecito (1960).
Por su parte, Estefanía Rubio definió el film como una “visión histórica de luto y victoria, a través de una crónica sentimental de una familia dedicada al estraperlo, todo ello a través de la óptica de un niño (álter ego del director)”.
Cuando llegó su turno, Gutiérrez Aragón correspondió a los elogios de sus interlocutores argumentando el gran punto de referencia que había supuesto la llegada clandestina de cintas italianas a los círculos progresistas de la España franquista, especialmente para los propios realizadores. Sin embargo, el cineasta de Torrelavega lamentó que, tras el fin de la dictadura, en nuestro país se perdiera la estela del cine crítico y combativo de finales de los años 60’ y ’70 en detrimento del “cine de entretenimiento”, mega-concepto en el que englobó, entre otros, el cine de Pedro Almodóvar.
El cántabro señaló también que las diferentes lecturas ulteriores de sus obras son correctas, a pesar de que en numerosas ocasiones éstas no han sido premeditadas por el autor, ya que, afirmó, “en el cine todo se vuelve simbólico”. De hecho, Aragón ejemplificó esta sentencia con la controvertida escena de la entrada del torero en la iglesia, que tanto ha dado que hablar. Su intención original, dijo, era unir en una misma escena la tauromaquia y la Iglesia, como representación lo irracional.
Otro de los integrantes de la mesa redonda, el actor sevillano Juan Diego, que trabajó con el gran cineasta italiano Ettore Scola en El demonio de los celos (1970), apeló a un mayor acercamiento entre las culturas española e italiana, demasiado similares entre sí como para permanecer incomunicadas la una de la otra, según sus propias palabras.
Uno de los momentos más interesantes del coloquio fue cuando los tres representantes del cine de nuestro país (cada uno de ellos con un diferente rol)fueron interrogados acerca de sus impresiones acerca del presente y futuro del cine español.
El director Gutiérrez Aragón solventó el aprieto afirmando que el sistema está sometido actualmente a fuertes cambios, sobre debido al hecho de que existe una mayor facilidad, tanto técnica como financiera, para poder realizar una película. “El estreno multisala”, dice, “hace que las obras despierten menos interés que antes, cuando la cinta iba en gira por diferentes ciudades”. Aunque esto, señaló, sería aplicable a todo el circuito europeo.
Además, el cineasta advirtió que el cine ha venido perdiendo, con el paso del tiempo, una de sus más intrínsecas funciones: manifestarse como el reflejo de una sociedad y una época. “El cine de hoy en día está en las series de TV. La clase media del cine, aquella que mejor representaba a la gente, ha prácticamente desaparecido”, apostilló.
Más contundente fue el productor Luis Megino, quien habló de “crisis del cine y no de las películas”. “Hoy en día se hacen muchas más películas, pero mucho menos cine”, aseveró Megino, quien se autodefinió no con un profesional del cine sino como un “amante” de este, “especie de la que cada vez quedan menos ejemplares”, bromeó.
Por último, Juan Diego apuntilló diciendo que el cine actual, ya a nivel mundial, y los mass media sacrifican la realidad humana por una virtual, la de los videojuegos, producen “imágenes inanes, fuera del imaginario humanístico”.

Julio César Piñeiro Sabarís
Pontevedra (Galicia)
kgb_skorpio@hotmail.com

miércoles 30 de julio de 2008

EL HUEVO Y LA GALLINA

CARA Y CRUZ DEL CINE ESPAÑOL

En el presente artículo me gustaría, a riesgo de parecer previsible, obstinado y poco original; plantear un argumento casi tan viejo como el cinematógrafo, debatido por moros y cristianos hasta la extenuación y en el que, cada vez más, la mayoría de las voces parecen converger en un mismo punto crítico. El tema en cuestión es: ¿se hace buen cine dentro de nuestras fronteras?

Para proponer este controvertido tema, he considerado oportuno ceder la palabra, en esta ocasión, a alguien que sabe mucho más que yo y a alguien que presumiblemente sabe también lo suficiente sobre el asunto. Con este propósito, he considerado oportuno recuperar dos documentos publicados en la sección de opinión de la versión digital del periódico nacional El País, de principios del presente año.

En el primero de ellos, titulado ‘El misterio del cine español’, un autor anónimo expone una tesis en la que resalta el notable descenso de afluencia de público a las salas durante el curso pasado, en especial, según él, en el apartado del cine español. Ésta y otras premisas, como “la contradicción” de que las dos únicas nominaciones españolas en los premios Oscar en 2007 provengan de producciones extranjeras, sirven al autor para fundamentar una reflexión crítica acerca de las producciones hechas en nuestro país, que, siempre según su punto de vista, “se han encerrado en un manierismo espeso, limitado a tres o cuatro fórmulas (…) adocenadas por un talento generalmente dudoso”.

El segundo de los textos que he adjuntado en esta entrada es la réplica expresa del director bilbaíno Álex de la Iglesia al artículo anterior, publicada también en el periódico dirigido por Javier Moreno, bajo el título de ‘Carta a El País de un cineasta del país’. El director de El día de la Bestia o La Comunidad replica, uno por uno, a todos los argumentos de ‘El misterio del cine español’, señalando, por ejemplo, que las malas cifras de taquilla del curso pasado, no sólo afectaron al cine español, sino a todo el cine en general. “Baja el cine porque todo el mundo tiene uno en casa, con Dolby Digital. El culpable es el DVD y las descargas por Internet, lo sabe todo el mundo”, denuncia el vizcaíno. Además, de la Iglesia desmiente la denuncia del autor anónimo de la supuesta falta de éxito y originalidad de las cintas españolas, remitiéndose a ejemplos como El Orfanato, El Laberinto del Fauno, La Soledad o, más recientemente, Los Cronocrímenes.

A las argumentaciones de uno y otro podrían añadirse, qué duda cabe, océanos de tinta, sin embargo, el abanico de controversias tratados aquí será suficiente para abrir el apetito a los amigos de los debates. Lean y juzguen ustedes mismo, yo ya lo he hecho.

     

EL MISTERIO DEL CINE ESPAÑOL

El cine español vive en una aparente contradicción. Javier Bardem ha sido nominado para el Oscar al mejor actor secundario y Alberto Iglesias, para el de mejor música original. Pero, al mismo tiempo, 2007 ha sido uno de los peores años en cifras del cine en España y, también, del cine español. Es el "vivo sin vivir en mí" y el "muero porque no muero" de Santa Teresa. Pero la contradicción desaparece cuando los hechos se examinan de cerca. El que la Academia de Hollywood seleccione a dos actores españoles es una distinción extraordinaria; pero el trabajo de ambos se enmarca en producciones estadounidenses. No es exactamente cine español lo que se reconoce con los galardones.

Las cuentas del cine en 2007 no admiten discusión: el cine español bajó de 19 millones a 12,5 millones de espectadores y el extranjero, de 97,5 a 85 millones. La paradoja es que, probablemente, el ciudadano español ha visto más cine que nunca. Tan pésimos números, que los medios de comunicación más conservadores suelen airear con gozo de papanatas, por más que lo coherente con su tradicionalismo sería que reivindicaran lo propio, remiten al cine visto en las salas, aquel en el que es necesario sacar una entrada para verlo. No se dice nada de las ventas de DVD, de las descargas en Internet, de la piratería y de las proyecciones en las cadenas de televisión.

Con unas cuentas o con otras, parece demostrado, sin embargo, que el cine español en pantalla interesa cada vez menos. Con la coartada de la calidad, discutible en cualquier caso, las producciones españolas se han encerrado en un manierismo espeso, limitado a tres o cuatro fórmulas -la guerra civil, el drama social y la comedia de costumbres- que, adocenadas por un talento generalmente dudoso y por la ausencia de una industria que identifique las preferencias del mercado, ha acabado por hastiar al espectador. A la vez, la capacidad de autocrítica y de superación de los estereotipos brillan por su ausencia. El cambio es urgente, porque no son las subvenciones las que van a llenar las salas para ver películas producidas en España.

    

CARTA A EL PAÍS DE UN CINEASTA DEL PAÍS

por Álex de la Iglesia

Hace unos días tuve oportunidad de leer un artículo (sin firmar) en la página de opinión de este periódico [El Acento, 24 de enero de 2008] poniendo a parir al cine español en su conjunto, recomendándonos a todos poco más o menos que lo dejáramos y nos dedicáramos a otra cosa, que les haríamos un favor a los espectadores, hartos de nuestra torpeza. Si hablasen de mí lo entendería, porque para eso me pagan. Es mi trabajo y estoy acostumbrado. Pero lo que resulta indignante es que se juzgue con esa pasmosa ligereza a todo un gremio, a la profesión en su totalidad.

¿Se imaginan a alguien diciendo "todos los escritores de este país son aburridos", o "los pintores españoles cansan con sus cuadros de siempre", o "basta ya, por favor, de zapatos españoles, preferimos los italianos"?

Lo que realmente duele de estos palos no es la rotundidad con la que se formulan, sino todo lo contrario, lo alegremente que se escriben, como sin darles importancia. Da la impresión de que no afectaran a nadie. Y ahí se equivocan, porque el cine español no sólo somos cuatro torpes directores sin talento, sino cientos o miles de profesionales que viven de nuestras películas, muchas familias que tienen que buscarse la vida haciendo cualquier otra cosa, porque esto del cine cada vez se lo ponen más difícil.

Nadie nace sintiéndose parte de eso que se llama cine español. De hecho, cuando era joven era tan idiota que creía que mis películas iban a cambiar las cosas. Con los años he conocido a los profesionales que lo componen. Por eso puedo decir que estoy orgulloso de estar ahí, porque sé lo increíblemente doloroso que puede llegar a ser un rodaje, el milagro que supone el estreno de una película en un cine, y no digamos convertirla en un éxito.

Yo no puedo quejarme. Soy un privilegiado, pero intento no perder la perspectiva: amigos míos no tienen la suerte que yo. He visto películas magníficas que no duraban una semana en cartel y desaparecían para siempre. Por eso me gustaría comentar ese artículo. No sólo hablaba de mí, hablaba de amigos míos. Es cierto que no tengo ninguna necesidad. No es nuestro trabajo hablar de cine, sino hacerlo. Sin embargo, tengo la sensación de que es importante responder: si callamos parece que estamos de acuerdo, y os aseguro que no es así.

El artículo comenzaba hablando de cifras, y viene a decir que el cine español ha perdido 6,5 millones de espectadores. Estos datos dieron la vuelta a España en todos los periódicos. Lo gracioso es que, siguiendo esas mismas cifras, el cine "extranjero" ha bajado 12,5 millones. Casi el doble. O sea, que la noticia real es que todos los cines bajan, el francés, el inglés, el americano... No sólo el español, que curiosamente baja menos que el resto. Baja el cine porque todo el mundo tiene uno en casa, con Dolby Digital. El culpable es el DVD y las descargas por Internet, lo sabe todo el mundo. ¿Por qué cargar las tintas sobre el cine español? No lo entiendo.

Otra noticia falsa que nos tuvimos que tragar esos mismos días señalaba que la película más taquillera del año pasado fue Piratas del Caribe 3. Bueno, pues resulta que el Ministerio de Cultura no contabilizó los tres últimos meses (no me pregunten por qué). Contando el año entero, la más taquillera del año pasado fue una española, El orfanato, la espléndida película de Juan Antonio Bayona. ¿No es asombroso y terrorífico que nos echemos piedras a nuestro propio tejado?

En el artículo se menospreciaba, al mismo tiempo, el éxito de Javier Bardem y Alberto Iglesias con sus nominaciones a los Oscar, porque el trabajo de ambos "se enmarca en producciones hollywoodenses". ¿Menospreciarían los británicos el trabajo de John Hurt en mi película porque trabaja en una producción española? Además, ¿en qué industria cinematográfica han visto los americanos el trabajo de Javier y Alberto? ¿En la coreana? Dice el artículo "no es exactamente el cine español lo que se reconoce en los galardones". ¿Qué pasa? ¿Un actor o un músico español deja de serlo porque trabaja fuera? ¿Deja de ser español Fernando Alonso porque trabaja con Renault?

El último párrafo es realmente cruel. "Con unas cuentas o con otras, parece demostrado que el cine español interesa cada vez menos". Yo creo que está ocurriendo exactamente lo contrario, tras los últimos éxitos de El orfanato, El laberinto del fauno, Las 13 rosas, REC, y tantas otras, entre ellas la de un gordo impresentable que era número uno en taquilla el mismo fin de semana que se publicaba el artículo. Y después, ¿qué película era la más vista? Mortadelo, y no me parece precisamente una película extranjera.

Dice el artículo que nos limitamos a "tres o cuatro fórmulas" -la Guerra Civil, el drama social y la comedia de costumbres-. ¿Es eso cierto? Creo que no. No ahora. El cine de género ha vuelto, vemos películas de terror, suspense, vemos comedias y dramas, y además las nuevas generaciones apuntan alto: Los cronocrímenes, la estupenda película de Nacho Vigalondo, tiene dificultades para estrenarse aquí, en España, pero no para estrenarse en Estados Unidos. Las películas que se hacen en este país puede que sean mejores o peores, como todas, pero no son previsibles. No más que las de Hollywood, se lo aseguro, y si no pregúntenselo a Sandra Bullock. A todos nos gustaría poder ser igual de previsibles que Piratas del Caribe 3, pero no podemos porque necesitaríamos aumentar nuestro presupuesto unas cien veces para rodarla, y quinientas veces para promocionarla. Sin embargo, luego competimos en igualdad de condiciones y Jack Sparrow nos saca de los cines porque necesita nada menos que ochocientos cincuenta.

Pero actualmente, el cine que se hace en este país es muy diverso. El orfanato y La soledad compiten juntas en nuestros premios, y gracias a los académicos, la ganadora, cuya vida comercial en las salas había finalizado, puede tener una nueva oportunidad.

Una de las armas que a algunos periodistas les gusta utilizar es insistir en que el cine español está subvencionado, que malgastamos el dinero del contribuyente en tonterías que no interesan a nadie, que vivimos del cuento. Esto es injusto. Una vez decidí producir una película. Tuve que hipotecar dos veces mi casa para pagar los intereses de los créditos y así poder rodarla. Todavía tiemblo al pensar que puse en peligro a mi familia por una película. Para acabarla necesité seis veces el dinero que me otorgaba el Ministerio de Cultura. La subvención me llegó un año después del estreno, y con ella pagué lo que debía en hoteles y laboratorios.

Las subvenciones ayudan al cine, para eso están, como ayudan las que reciben los del teatro, los deportistas, los agricultores, los farmacéuticos o tantos otros. Pero no protegen. Yo no puedo comprar naranjas marroquíes en España, aunque se encuentren a 14 kilómetros y sean diez veces más baratas. Tengo que comprar naranjas españolas. ¿Se imaginan que ocurriera lo mismo con el cine?

Los productores en España se juegan la piel, como muchos otros profesionales, pero pocos son menospreciados en los periódicos como ellos. La gente no lo sabe, y por eso escribo este artículo. Creen que los del cine vivimos una fiesta continua, rodeados de canapés y champán. Y así debe ser, porque nadie va a ver una película de alguien que nos aburre con sus problemas.

Ahora bien, otra cosa es proyectar una visión malintencionada de nosotros. Lo que se decía en ese artículo sobre el cine que se hace en este país no es cierto. Y titular otro artículo "¿Por qué no gusta el cine español?" es tendencioso. Parece que existe la intención de darlo por hecho. Sería más respetable decir "¿Gusta el cine español?".

El público, a mi entender, y dicho desde la más profunda humildad, sigue apostando por nosotros. Nunca vamos a superar las cifras del cine americano porque literalmente es imposible, pero alguna que otra vez, gracias al público, lo conseguimos. Son algunos medios de comunicación (por razones que no voy a entrar a considerar aquí) los que intentan cambiarlo.

Eloy Domínguez Serén
Pontevedra (Galicia)
eloy_ds16@hotmail.com

jueves 3 de julio de 2008

LA EXCENTRICIDAD RECUPERA LA CONDICIONAL

Eloy Domínguez Serén

      

No sabemos si Nacho Vigalondo ha encontrado su inspiración en el célebre caballo de Espartero, pero no hay duda de que este intrépido director-guionista-actor-cantautor-bloguero ha logrado con su descaro, persistencia y moral alcoyana abanderar un nuevo modelo de cineasta propio del siglo XXI. Vigalondo se ha tomado al pie de la letra la filosofía ‘juanpalomiana’ y tras sus venturas y desventuras como guionista televisivo y cortometrajista le llegó el bombazo de 7:35 de la Mañana (2003), cortometraje que le abrió las mismas puertas con las que antes le habían golpeado en las narices. Ha sido tal el tirón del cortometraje nominado al Oscar en 2004 que todavía cuatro años más tarde sigue coleando por diferentes festivales y proyecciones nacionales e internacionales. Sin ir más lejos, un servidor ha sido testigo de un irónico suceso durante uno de mis frecuentes paseos por la Piazza Duomo de Milán hace apenas una semana. En un lateral de la misma, compartiendo protagonismo con la mismísima catedral de Santa Maria Nascente, las imponentes galerías de Vittorio Emanuelle II o el Palazzo Reale, se erguía una pantalla gigante (exactamente la misma de la que unas noches atrás intentaba alejarme a toda prisa tras comprobar cómo Fàbregas había puesto de muy mal humor a los 11.000 tifosi que rodeaba al centenar de españoles del que yo formaba parte) en la que se proyectaba precisamente el surrealista e irreverente 7:35 de la Mañana. Por enésima vez he podido disfrutar de la singular coreografía ideada por el ingenio de Vigalondo. Por cierto, también los milaneses que se habían acercado hasta la plaza parecían disfrutar más viendo las peripecias del cántabro que el juego de la ‘azzurra’.

Sin embargo, y a pesar de los reiterados portazos en las narices a los que hacía referencia anteriormente, el olfato del de Cabezón de la Sal (¿premonición?) para las historias de éxito seguía intacto y tras una peculiar miniodisea de casi cuatro años ha logrado llegar sano y salvo a su Ítaca particular con su primer largometraje, Los Cronocrímenes (2008), abriéndose camino en un barrizal del que pocos logran salir con semejante donaire. Y quién sabe si, de paso, la mecha encendida por el cántabro acabará por hacer saltar por los aires los barrotes de regaliz rancia de la celda en la que permanece recluída una expectante hornada de jóvenes aspirantes a cineastas, que podrían haber hallado en el versátil coautor de la popular canción ‘Me huele el pito a canela’ un extravagante modelo a quien tratar de emular. Y es que Vigalondo no ha tenido otra alternativa que roer y empacharse de esa regaliz durante años para poder hallar una minúscula rendija que le permitiese asomar la cabeza a un empinado pasillo de celuloide. Al igual que en los films de Frank Darabont, en toda prisión siempre han compartido porra carceleros buenos, feos, malos y malignos, y en esta ocasión el fugitivo Vigalondo ha tenido la fortuna de toparse con algún simpatizante de Tom Hanks en la presentación de la cinta en la última edición del cada vez menos independiente festival de Sundance. Una suerte para este Papillon postmoderno, ya que es posible que en esta enésima prueba herculiana tal vez ni siquiera su gran ingenio o su canallería lo habrían ayudado a descubrir cuál de las puertas contradictorias [como aquellas de la nostálgica Dentro del Laberinto (Labyrinth, Tim Henson, 1985)] del particular Alcatraz cinematográfico español le habría evitado acabar directamente en el patíbulo. Todavía no conocemos las verdaderas intenciones del amigo americano que ha hecho posible la llegada de ‘Los cronocrímenes' a nuestras salas (por ahora, eso sí, se ha reservado los derechos para poder llevar a cabo un remake 'a la americana'), pero al menos ha devuelto la libertad condicional a la excentricidad en el cine español, haciendo las delicias de aquéllos que en su día disfrutaron con las primeras obras de Álex de la Iglesia, los excesos de Juanma Bajo Ulloa o el peculiar universo estético de Javier Fesser.


Eloy Domínguez Serén

Pontevedra (Galicia)

eloy_ds16@hotmail.com

miércoles 21 de mayo de 2008

MÁS ALLÁ DE CRUCES Y BARDEMES

Eloy Domínguez Serén
   
     
A pesar de que Vicky Cristina Barcelona, última obra fruto del ingenio alleniano, no es un film de producción española, he decidido dedicarle un artículo en este blog por motivos obvios. Y es que, a pesar de lo mucho que se ha hablado en las últimas fechas de las magníficas actuaciones de los actores españoles Javier Bardem y Penélope Cruz en la cinta del neoyorquino, no podemos olvidar que la importancia para el cine español de que un director como Allen haya decidido rodar una película dentro de nuestras fronteras se extiende mucho más allá de que el reparto esté encabezado por dos importantes actores de nuestro país.
Y es que rodajes como el del director de Manhattan constituyen una fantástica oportunidad para el sector cinematográfico del país hospedador, al facilitar la integración de profesiones autóctonos en producciones internacionales, ya sea como miembros del equipo técnico o del artístico (se habrán dado cuenta de ello aquéllos que se hayan fijado mínimamente en los créditos finales de la última película de Wes Anderson, Viaje a Darjeeling). Esta circunstancia, en el este caso de Vicky Cristina Barcelona, es sin duda mucho más significativo que la aparición de Bardem o Cruz (sobresalientes según la crítica de Cannes) en el film alleniano, ya que ha ofrecido a profesionales españoles la excelente oportunidad de participar en una producción hollywoodiense en la que no sólo habrían podido beneficiarse de un enriquecimiento profesional fruto de su colaboración en un proceso de rodaje probablemente muy diverso a experiencias que habrían tenido en producciones españolas, sino que podrían también haber establecido posibles contactos y relaciones profesionales de cara a factibles proyectos futuros que ampliasen sus expectativas laborales. En resumen, el rodaje en España de un film de tal repercusión ayuda, aunque obviamente no en un modo determinante, al crecimiento del cine español en general.
Especialmente significativo es el hecho de que uno de los más grandes directores de fotografía del cine español, el guipuzcoano Javier Aguirresarobe (en la foto), colaborador de algunos de los más importantes directores de nuestro cine, como Víctor Erice, Carlos Saura, Pedro Almodóvar, José Luís Cuerda o Alejandro Amenábar, sea, precisamente, el encargado de la fotografía de Vicky Cristina Barcelona. Además, como curiosidad, podemos subrayar el hecho de que Allen haya escogido la música del grupo barcelonés “Giulia y Los Tellarini” como banda sonora de Vicky Cristina Barcelona, o que haya ofrecido un pequeño cameo a Joan Pera, doblador del cineasta neoyorquino al español, en el mismo film. Cameo en el que, paradójicamente, el actor y doblador de Mataró no dice ni una sola palabra, nueva muestra del peculiar humor de Woody Allen.




Por otra parte este film supone un notable impulso al llamado “cineturismo”, término que se puso de moda tras el boom que supuso para esta industria de reciente expansión el célebre caso de la trilogía de El Señor de los Anillos, que ha catapultado a Nueva Zelanda a la primera línea de los países que explotan este relativamente nuevo y visionario negocio, a la cabeza de la cual se sitúan los británicos con la potente Visit Britain, cuyos últimos proyectos de mayor envergadura han sido la realización de itinerarios turísticos por las localizaciones de la saga de Harry Potter, Orgullo y Prejuicio, Expiación o El Código da Vinci. A pesar de que esta moda todavía no ha sido muy extendida por nuestro país, nuestra industria no es ajena a las posibilidades de este negocio y, aunque probablemente Barcelona no necesite explotar este tipo de oportunidades para atraer al turista a su maravillosa ciudad (retratada también en films como Una Casa de Locos o Todo Sobre Mi Madre), otra de las localizaciones del film, la ciudad asturiana de Avilés, ya se ha puesto manos a la obra. Sin ir más lejos, ya el pasado verano el cineasta americano realizó un pase privado de El Sueño de Casandra en esta ciudad asturiana.
A pesar de que actores y directores se sitúan siempre en primera línea en el salón de la fama del mundo del celuloide, no podemos olvidar que sería imposible realizar una obra cinematográfica sin el duro trabajo de una infinidad de incansables profesiones que se ven relegados, en cuanto a repercusión mediática, a un nombre anónimo en los créditos de
una película (créditos que casi nadie se molesta en leer, ni siquiera durante unos segundos, una vez se ha encendido la luz de la puerta de salida de la sala de turno). Sin embargo, trabajando tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, existen grandes profesionales españoles que han obtenido su justa recompensa (materializada por ejemplo en reconocimientos en festivales) en el panorama cinematográfico nacional e internacional, como los directores de fotografía Javier Aguirresarobe (citado anteriormente) y José Luis Alcaine, los compositores musicales Alberto Iglesias (en la foto), José Nieto y Javier Navarrete, el montador José Salcedo o el director artístico Gil Larrondo, entre otros, además de un innumerable plantel de magníficos profesionales cuyos nombres que tal vez jamás saltarán a la escena pública. Sin embargo no podemos dejar de tener presente su existencia ya que, insisto, sin ellos no existiría el séptimo arte.


Eloy Domínguez Serén
Milán (Lombardía) - Italia
eloy_ds16@hotmail.com

domingo 4 de mayo de 2008

CINEMA SPAGNOLO ¿Algo Más Que Almodóvar?

Eloy Domínguez Serén

  

Os propongo un interesante experimento sociocinematográfico (probablemente acabo de inventarme la palabreja) para vuestras próximas vacaciones en el extranjero. El momento perfecto para llevarlo a cabo será una de esas frecuentes y siempre surrealistas conversaciones, en un inglés terrible (al menos por nuestra parte), que todos solemos tener en el momento en el que los astros se alinean para empujarnos a descubrir que existe alguien todavía más extraño que nosotros mismos.

Por ejemplo, puedes realizar este experimento cuando bromeas resignado con alguno de los veinte desconocidos, con los que compartes un carísimo zulo diminuto y maloliente al que llaman albergue, hostal o por algún nombre inventado, acerca de la magnífica capacidad pulmonar de ese tío rubio y sonrojado que ronca en la litera que, a su vez, está encima de la del mochilero que lleva tres días durmiendo en la misma postura y al que le huelen espectacularmente los pies, cuyo vecino de litera te has cruzado en algún momento del día, en alguna calle de nombre impronunciable e irrecordable (me imagino que os habrá sucedido a todos).

Aunque también serviría el taxista increíblemente simpático y charlatán que tarda cuarenta y siete minutos en llevarte a la calle que te habían dicho que estaba a siete minutos en taxi desde el punto en el que te montaste, quien, desinteresadamente, te pregunta qué has visto y qué has dejado de ver de la ciudad para, acto seguido, ofrecerse él mismo a realizarte un recorrido único que no menciona ninguna de las diferentes guías que te has comprado para explorar hasta el más recóndito lugar de la ciudad.

El experimento en cuestión será muy útil cuando la esperpéntica conversación llegue a un callejón sin salida, a un punto muerto, sin retorno; cuando no sepáis cómo poner punto y final a esa relación interpersonal que jamás debió de comenzar. En ese momento será cuando debáis acudir a la pregunta del desconcierto, del vértigo, de la ofuscación, del silencio, el as de la manga del huidizo: what do you think about the spanish cinema? ¡Habrás dado en el clavo, amigo! Ahora tu interlocutor balbucea, se rasca la cabeza, cierra los ojos desesperadamente en busca de una respuesta.

En muchos de los casos, al final, en un gran momento de lucidez por su parte, intentará pronunciar un nombre que, en el mejor de los casos, sonará parecido a Almodóvar (en este punto es justo decir que si hablas con un francés es muy probable que conozca mucho mejor que tú mismo el cine del director manchego). Alguno mencionará a Buñuel, aunque la gran mayoría juraría que Louis Bunuel es francés (¿no lo es también Salvador Dalí?). Los más aventajados tal vez conozcan a Amenábar (de nacimiento chileno), aunque la pronunciación de su nombre nos hará pensar que siguen hablando de Almodóvar (al igual que nosotros cuando intentamos sin éxito pronunciar los apellidos de Rita Hayworth y de Katharine Hepburn).

Si tu interlocutor es americano jamás mencionará a Antonio Banderas o Penélope Cruz, ya que ambos son mejicanos (¿cuántos de vosotros saben que Liz Taylor es británica y Billy Wilder nació en Galicia, Austria?). Aunque no nos engañemos, la reacción de la mayoría de nosotros sería análoga si ellos nos preguntasen acerca del cine de su país (excepto si es estadounidense, generalmente, o incluso británico o, en menor número de casos, francés).

Sé que estoy siendo exagerado y excesivamente sarcástico. De hecho soy el primero en defender que en nuestro país también se hace buen cine, muy bueno en algunos casos. En los útimos años hemos producido grandes films, como "Mi Vida Sin Mí", "Los Lunes al Sol", "La Noche de los Girasoles", "El Bola" "Mar Adentro" o "Hable Con Ella", por mencionar sólo algunos. Sin embargo, estas cintas no logran un eco significativo en el panorama cinematográfico internacional. Es éste es uno de los problemas crónicos de nuestro cine, la distribución.

En este reportaje nos hemos propuesto descubrir cuánto conocen diferentes profesionales italianos del mundo del arte y las comunicaciones acerca del cine español. Tal vez el resultado sea consolador o tal vez apoye la teoría de los que piensan, al igual que Fernando Trueba, que “la situación del cine español es patética”. Para ello nos valdremos de las opiniones de Gianni Canova, crítico cinematográfico y presentador del programa televisivo "Cinemaniaco", los históricos del cine Luisella Farinotti y Roberto Provenzano, y el histórico del arte Leonardo Capano. Por supuesto, estoy también muy interesado en lo que vosotros tengáis que decir al respecto, de modo que no dudéis en dejar vuestro comentario.



CINEMA SPAGNOLO- CINE ESPAÑOL de Eloy Domínguez Serén
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Eloy Domínguez Serén

Milano (Lombardía) - Italia

eloy_ds16@hotmail.com